El legado italiano en el patrimonio porteño Pasaje Barolo 

A imagen y semejanza; en la primera mitad del siglo XIX, el talento peninsular se colaba en los barcos, se aventuraba con Garibaldi y transfiguraba la matriz arquitectónica española del ex Virreinato. La "pasta básica" del tejido urbano de Buenos Aires fue la popular "casa chorizo", que es la mitad de la casa colonial de patios, bien adaptada a los terrenos angostos y largos

 

Las primeras trazas de italianidad en el Río de la Plata fueron dejadas por jesuitas como los padres Bianchi y Primoli que tiñeron de clasicismo renacentista construcciones religiosas y laicas, en un primer esbozo de europeización cosmopolita en estas tierras signadas por la hispanidad y el mestizaje. En la primera mitad del siglo XIX el ingenio italiano se colaba en los barcos, se aventuraba con Garibaldi, transfiguraba la matriz arquitectónica española del ex Virreinato y construía obra privada y pública para los diversos caudillos provinciales. Se puede decir que el talento peninsular estaba más del lado de los federales mientras que los unitarios preferían el saber de otros técnicos europeos, excepción hecha de Carlo Zucchi, el emiliano que proyectó varios edificios públicos y privados para Buenos Aires que nunca fueron materializados.

 

Con Urquiza y Mitre se inicia la toma de Buenos Aires por las fuerzas constructivas italianas, que desplazan el germanismo alsinista y el ecumenismo sarmientino de los puestos y obras clave públicas y privadas. Pero además la arquitectura religiosa pasa a ser el reino casi exclusivo de los hijos de Roma. El grandioso precedente lo sientan Nicola y José Canale al finalizar la década de 1860, con el diseño de la iglesia de la Inmaculada en Belgrano, un panteón decimonónico con interiores en trompe l'oeil y exteriores afrancesados por pizarras que cubren la cúpula. Luego, por más de medio siglo, serán los italianos quienes erijan templos de diversos tipos y estilos o remodelen por fuera y por dentro las iglesias coloniales porteñas, catedral incluida. A partir de la fiebre amarilla y con el éxodo de las clases altas al norte, se impondrán las villas con galerías, terrazas y columnatas, las más opulentas sobre la barranca, desde Belgrano hasta el Tigre, y hacia el oeste pasando Flores. Pero la "pasta básica" del tejido urbano porteño y de muchas ciudades del país estará dada por la popular "casa chorizo" que es la mitad de la casa colonial de patios y galerías de origen mediterráneo. Bien adaptada a los terrenos angostos y largos y al clima de Buenos Aires, este prototipo permitía el crecimiento de módulos por etapas, tanto en horizontal como vertical, como así también agrupamientos para casas de renta. La pequeña fachada era el cuadro donde los albañiles italianos dejaban su firma por medio de capiteles, cornisas y molduras.

 

La capitalización de Buenos Aires separa las aguas políticas y burocráticas de la Ciudad, la Nación y la Provincia. Las dos primeras conviven en el mismo espacio físico y sus cabezas, el Intendente Alvear y el presidente Roca, eligen sendos italianos, los ingenieros Giovanni Buschiazzo y Francesco Tamburini, para sanear y modernizar la ciudad, dirigir las respectivas oficinas técnicas y llevar a cabo los primeros edificios públicos monumentales. El primero remodela el centro histórico demoliendo la Recova, construyendo el Palacio Municipal y abriendo la traza de la Avenida de Mayo. También se encarga de la planificación del Cementerio, el Asilo y el Paseo de la Recoleta, del diseño de edificios públicos como el Cuartel de Policía. Buschiazzo tendrá además una prolífica actuación en el ámbito privado con varias obras para la colectividad como el Hospital Italiano. Por su parte, Tamburini da forma a la Casa Rosada sobre la base de dos pabellones de la década anterior erigidos sobre la Plaza de Mayo y proyecta otros edificios institucionales del Estado, entre ellos los Palacios de Justicia y del Congreso, la Biblioteca Nacional, que finalmente no se llevan a cabo según sus planos. Como Director de Obras Públicas de la Nación, diseña prototipos escolares para todo el país y en Buenos Aires construye la Escuela Normal Mariano Acosta, imponiendo en el Consejo Nacional de Educación el sello italiano que continuará Carlo Morra, autor del antiguo edificio de la Biblioteca Nacional, con un sistemático programa de construcción de "escuelas palacio" entre las que descuella la que lleva el nombre de Roca en Plaza Lavalle. Tamburini impone un estilo oficial que combina recreaciones del Renacimiento y del Barroco siguiendo la arquitectura que se usaba en Roma para los nuevos edificios del Reino de Italia. También gana el concurso privado para la construcción del nuevo Teatro Colón y a su muerte, poco después, lo sucede en ese encargo su colaborador Vittorio Meano, quien revisa el proyecto y lo transforma en la culminación de la saga de los teatros líricos de Occidente. Meano gana el concurso internacional para el Congreso Nacional en 1895 con una gran pieza de estilo Risorgimento de ultramar. Allí, este piamontés toma como modelo el Reichstag de Berlín recién inaugurado y lo corona con una alta cúpula a la manera de la Mole Antonelliana de Turín, sintetizando en este grandioso edificio los emblemas de las capitales de los dos nuevos grandes países europeos reunificados. Más allá del clasicismo horizontal de cuño romano, el Congreso será el comienzo de la verticalización de la imagen metropolitana de Buenos Aires, que reforzarán otros italianos con grandes edificios de raigambre medieval en los alrededores del Congreso, como La Inmobiliaria, El Molino y el Palacio Barolo.

 

Probablemente sólo los arquitectos italianos, por su adn histórico-estético y su dogma de fe: "La belleza primero" fueran capaces de hacer de los más diversos edificios verdaderos palazzi . En Buenos Aires lo concretaron en tiendas como el Bon Marché (actual Galerías Pacífico), hoteles como el Majestic y particularmente en las sociedades italianas. Estos "templos laicos", donde la Trinidad estaba compuesta por Garibaldi, Mazzini y Cavour, los santos eran Dante, Galileo, Leonardo o Verdi y el vía crucis se armaba con paisajes de las mayores ciudades italianas, eran lugares de socialización, educación y cultura. Allí se celebraba la italianidad y se mezclaban inmigrantes de distintas regiones de la península, quienes se convertían en ciudadanos peninsulares antes que sus propios compatriotas en Italia, al tiempo que se integraban, ellos o su hijos, a la sociedad argentina. Las sedes de sociedades italianas se esparcían por toda la Argentina como en otro ningún lugar del mundo, ni siquiera en Italia. Sus "naves nodrizas" se construyeron en Buenos Aires: Unione Operai Italiani y Unione e Benevolenza.

 

Alrededor de la Primera Guerra Mundial se produce el "canto del cisne" de la influencia italiana de la mano de un grupo de arquitectos de ese origen llegados para trabajar en la Exposición Internacional del Centenario: Gianotti, Palanti y Colombo. Sus edificios estarán entre los más originales del Novecentismo, una combinación de futurismo y art nouveau , que hará de Buenos Aires un faro de creatividad. Ya en el período de entreguerras la influencia explícita italiana se irá diluyendo, no por pérdida de intensidad sino porque lo italiano pasará a formar parte de la argentinidad en muchos aspectos de la sociedad, de la política, de la cultura y también de la arquitectura.

 

Alquimias magistrales

 

Dentro de la secular tradición italiana del arte de construir, la Argentina fue un destino privilegiado para la transferencia y reciclaje de saberes arquitectónicos muy variados. El aporte italiano, respecto de otros europeos, fue potenciado por el aluvión inmigratorio que proveyó de legiones de albañiles, constructores y artesanos que edificaron por todo el país en las más diversas escalas. Proveían a todos los rubros con habilidades, destrezas y talentos únicos pero además eran capaces de adaptaciones y combinaciones asombrosas. Cubrían todas las especialidades, desde la mampostería gruesa hasta las pinturas decorativas más delicadas, pasando por la herrería, la carpintería o los pisos y cielorrasos. Fueron los responsables del desarrollo inusitado de la compleja técnica y artesanía, los revoques símil piedra, estucos para exteriores de cemento, arena y piedras molidas que cubrieron los frentes de todos los edificios del país, cualquiera fuera su estilo o tamaño: de la pequeña casa chorizo a las monumentales fachadas del Palacio de Justicia. También se encargaron de imitar cualquier tipo de material en los interiores, del mármol a la madera pasando por el bronce o la tela.

 

El furor constructivo de la ciudad y del país los hizo devenir empresarios de la construcción que resolvían todo tipo de obras públicas o privadas, proyectadas por profesionales argentinos o extranjeros, con precisión y astucia. Se encargaron de desarrollar estructuras tradicionales de ladrillos combinadas con elementos metálicos y fueron precursores en el uso integral del hormigón armado que ensayaron por primera vez en la sala del Teatro Colón. Abrieron los primeros talleres metalúrgicos locales, el más famoso fue Vasena, para la producción nacional de innumerables piezas metálicas que permitían armar desde mercados o fábricas hasta balcones o farolas decorativas.

 

Fueron precursores de las empresas familiares, las hoy llamadas Pymes, que contribuyeron al progreso económico y social de la Argentina.

 

1. Urquiza y Mitre. Marcan el comienzo de la toma de Buenos Aires por las fuerzas constructivas italianas, que desplazan el germanismo alsinista y el ecumenismo sarmientino de los puestos oficiales y de las grandes obras públicas y privadas.

 

2. Roca y Alvear. Eligen a dos ingenieros italianos, Giovanni Buschiazzo y Francesco Tamburini, para sanear y modernizar la ciudad. El primero construye el Palacio Municipal y abre la traza de la Avenida de Mayo, mientras Tamburini da forma a la Casa Rosada sobre la base de dos pabellones existentes.

 

3. Transferencia de saberes. El aluvión inmigratorio italiano proveyó de legiones de albañiles, constructores y artesanos con habilidades y talentos únicos, desde la mampostería gruesa hasta las pinturas decorativas; la herrería, los revoques símil piedra y los estucos para exteriores.

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